algo que leí hace mucho y que tuve que retraducir, al no encontrarlo en castellano por la red...
Tiene su interés--Patrick Vassort
En sus textos sulfurosos, de Sade (1740-1814) anuncia el advenimiento de la sociedad productivista. Su mundo refleja el mecanismo de producción, con su organización, sus representaciones, sus símbolos y sus diferentes formas de racionalización, que pueden llevar a la destrucción de la libertad. Con su visión radical, este autor construye una suerte de economía política de la producción corporal, cuya transposición en el tiempo y el espacio permite comprender hasta qué punto la construcción del capitalismo del siglo XVIII anuncia al neoliberalismo del siglo XXI.
La obra principal de Donatien Alphonse François de Sade es Los 120 días de Sodoma (1785). El autor aborda allí el “mundo perfecto” de una sociedad totalitaria, que el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, en su película Saló (1976), transpuso a la completa debacle de la Italia fascista de 1944. Imaginando el secuestro masivo de individuos jóvenes y viejos de ambos sexos, dotados de todos los vicios y de todas las virtudes, por un grupo de hedonistas libertinos, el marqués de Sade construye el “mundo perfecto” de la producción sexual, que tiene como finalidad el “gozo absoluto” (el de los libertinos). En última instancia ese gozo no era más que el fantasma y la representación de una productividad récord y absoluta.
Conocedor de los principios de la industrialización, de Sade propone una visión más radical que aquella de los economistas fisiócratas, sus contemporáneos, quienes veían en la racionalización de la agricultura el único futuro de la economía. Para él, la relación con el cuerpo devino taylorista antes de Taylor (2). Ya que ella responde a la exigencia de la producción sexual y corporal en el sentido de un rendimiento tan grande como sea exigido por la busca neurótica del capital en su voluntad de producción, reproducción, y de desarrollo.
En Los 120 días de Sodoma hay tres racionalizaciones principales: la del espacio, la del tiempo y la del cuerpo en tanto que medio de producción. Tres racionalizaciones que están igualmente en la base de la economía política de las sociedades capitalistas.
Figura del espacio de producción: el castillo. Él moviliza los afectos intensos; Es el lugar de los deseos, los goces, los placeres, los miedos, las inhibiciones, los dolores. Está dividido en espacios más o menos sagrados. El centro de la producción por excelencia es el gran salón, dónde se hacen narraciones para evocar situaciones que exciten los libertinos, maestros de ceremonia. Las demás salas completan el dispositivo para incrementar la productividad sadista y "mejorar" la relación de los individuos con la tarea propuesta. El salón es el centro donde se tejen las relaciones, la producción y las estructuras sociales; es allí donde los estatutos reales se forman y toma sentido la razón de ser de cada uno de los mecanismos de producción sexual con sus formas de dominación y sumisión.
Producción industrial del placer sexual
Esa estructuración espacial, racional, reposa sobre la dialéctica inclusión-exclusión. Gabinete y castillo son los lugares de inclusión como más tarde lo serán la mina, la fábrica o el barrio de negocios. Fuera del castillo el espacio es neutral para el lector. Oculta un "otro lugar" posible, un lugar extraño a la lógica productivista sadista.
Para esa construcción espacial, de Sade elabora un mundo donde la única razón de ser de los individuos es la busca de ese rendimiento récord, del orgasmo absoluto. Así describe un simple calabozo : " abovedado, cerrado con tres puertas de hierro, y donde se hallaba todo lo que el arte más cruel y la más refinada barbarie pueden inventar de más atroz, tanto para asustar a los sentidos como para infligir horrores. Y allí, ¡cuánta tranquilidad! (...) ¡Desgraciada, mil veces desgraciada la criatura que en tal abandono se encontraba a merced de un canalla sin ley y sin religión, a quien el crimen divertía y que no tenía allí otros intereses que sus pasiones y que no debía tomar otras medidas que las leyes imperiosas de sus pérfidas voluptuosidades!".
El espacio de vida de los héroes sádicos se construyó de manera a hacer que desapareciera todo otro centro de interés que aquél impuesto por los libertinos. Está, por lo tanto, organizado por y para la producción "industrial" de los placeres sexuales, como la industria organiza el espacio para la producción industrial de los bienes de consumo.
De Sade había comprendido que el desarrollo creciente del rendimiento pasaba por la parcelización de las tareas, que permiten la "organización científica del trabajo". Construida alrededor de espacios organizados racionalmente para la producción masiva, que visa hacer desaparecer los demás espacios (aquellos de la libertad y de la autonomía), la sociedad industrial ha modificado, sádicamente se podría decir, las relaciones del individuo con su entorno al racionalizarlo.
Pero, más que el espacio, el tiempo racionalizado es, simbólicamente, la marca por excelencia del capitalismo. En de Sade, la organización de la vida en el castillo está basada sobre un eterno recomienzo. Estructurado de manera circular, ese tiempo es periódico, un eterno retorno al origen, que vuelve a empezar con las mismas periodicidades. Cada jornada se inserta en una organización racional, obsesiva, casi idéntica a la jornada precedente, para no abandonar los "placeres" sexuales que, en última instancia, reposan sobre la dulzura, la violencia, el disgusto, la envidia, el dolor, la exhibición, la observación, a fin de no dejar nada al azar en el mecanismo de producción. De Sade escribió "queda decidido y acordado que las ocho virginidades de los coños de las muchachas no serán violadas hasta el mes de diciembre, y las de sus culos, así como las de los culos de los ocho muchachos, lo serán a lo largo del mes de enero". Así conviene irritar la volúpia haciendo crecer un placer sin cese, inflamado y jamás satisfecho. En ese sentido, Los 120 días de Sodoma son una larga marcha por un tiempo racional que conduce a la productividad última: el amor a la muerte, puesto que solo dieciséis de las cuarenta y seis personas sobrevivirán los excesos de violencia.
La producción capitalista reposa igualmente sobre la racionalidad del tiempo de trabajo. La productividad no es más que una relación entre la producción y el tiempo. Hay que fabricar, en un tiempo determinado, cada vez más. Ahí yace la filosofía del 'récord'. La aceleración de la velocidad de producción de los bienes culturales y de consumo reposa sobre la bajada de cualidad, sobre la desaparición de su complejidad y, finalmente, sobre el dominio de los seres. ¿No es ése el modelo que caracteriza los flujos de información? ¿No es ése el modelo de nuestra sociedad del espectáculo?
La producción taylorizada
La producción taylorizada proviene de esa misma construcción. La repetición de los mismos gestos, de los mismos procesos de fabricación, con sus ritos, sus descansos, sus reconstituciones de la fuerza de trabajo, corresponden a la filosofía productivista propuesta también por de Sade. En el seno de la producción capitalista, el momento de la jubilación no se juzga como un periodo de merecido descanso, sino como el “tiempo del desecho”, de cuerpo agotado, extenuado. En de Sade, no hay jubilación. El fin de la productividad conduce a la muerte.
Cuanto a la racionalización de los cuerpos, ella deviene reificación, cosificación. Los cuerpos sufren una transformación impuesta por los libertinos. Aparece, pues, el cuerpo como instrumento de producción, para responder a necesidades a veces totalitarias, y desaparece el cuerpo sensible.
Cada orificio, masculino o femenino, cada agujero, cada curva puede ser objeto de un interés sexual específico en tanto que participe de la intensificación de la productividad. De Sade imagina pues personajes con físicos anormales, bellos o feos, por sus dimensiones o deformaciones. La búsqueda de un gozo sin fin, más mecánica que sensual, lleva a la cuestión de la humanidad en el seno de un proceso racional que busca incrementar sin cese el rendimiento.
Los ritos de la producción sadeana hacen del cuerpo el instrumento de un placer hipostasiado, convertido en mercancía. La hibridación de los organismos (enjertos) o la mercantilización de lo viviente, proposiciones eminentemente sadeanas, encuentran sus expresiones modernas en la industrialización de lo viviente a través de la “trazabilidad” del esperma congelado, de la conservación de células madre o del comercio de órganos.
La producción sadeana es siempre imperfecta, frustrante, y las repeticiones tayloristas de los juegos y de las agresiones sexuales son, como en la economía contemporánea, la marca de una derrota, la de la imposibilidad de llegar a un absoluto. Porque la consciencia o el deseo de poseer más, de realizar una mejor “performance” no se puede lograr. Por definición, como hemos aprendido de Sigmund Freud o Jacques Lacan, permanece insatisfecho. Así, la heroína Justine hace continuamente la descubierta de placeres ajenos de los cuales ella es objeto, pero ese placer le es siempre negado. Y los héroes de los Ciento Veinte Días de Sodoma practican, entre otras, la defecación, la sodomía o el azote, que no tienen sentido más que en el arte de la multiplicación de repeticiones.
Del orgasmo al totalitarismo
La búsqueda del mayor rendimiento posible lleva inevitablemente a la desaparición del hombre y de la humanidad. La película de Nagisa Oshima, En el Reino de los Sentidos (1976), simboliza esa extraña búsqueda del absoluto, de la locura y de la muerte. El último orgasmo, el más sublime, se obtiene por la estrangulación del héroe, que permanece así en erección tras la eyaculación y posibilita al fin el orgasmo buscado por su pareja
La cuestión planteada por Sade es la de saber si esa organización del trabajo no enuncia las premisas de un totalitarismo. Recordémonos de lo que escribió Hannah Arendt "El totalitarismo no tiende hacia un dominio despotico sobre los hombres, sino a un sistema en el cual los hombres son superfluos. El poder total no puede alcanzarse y preservarse más que en un mundo de reflejos condicionados, de marionetas que no presentan el menor trazo de espontaniedad (3)". Ahora bien, ¿es que esos "hombres superfluos" no son los desclasados económicos, políticos y culturales de hoy (como lo eran los prisionero de los libertinos en los Ciento veinte días de Sodoma)? Ellos ven su subjetividad negada en nombre del "realismo" económico y social, de la flexibilidad, de la precariedad, de la innovación tecnológica, de los "imperativos" presupuestarios, de la competencia económica internacional o de la nueva división internacional del trabajo. Son desprovistos de su personalidad y reducidos a la automatización.
Por otra parte, poco a poco, en esa nueva sociedad, la represión no es ya solamente policial, sino que estriba de la autorepresión. Como en los heroes sadianos que no buscan jamás fugarse, y acaban por aceptar el sufrimiento prometido. Arendt otra vez, en La Condición del hombre moderno, recuerda que "la última etapa de la sociedad del trabajo, la sociedad de los empleados, exige de sus miembros un puro funcionamiento automático, como si la vida individual estuviera realmente sumergida por el proceso global de la vida de la especie (4)".
Ella apunta además que, en todas partes adonde el totalitarismo "ha llegado al poder, ha engendrado instituciones políticas completamente nuevas, y ha destruido todas las tradiciones sociales, jurídicas y políticas del país". ¿No es esa, pues, la primera preocupación de los libertinos de de Sade, que quieren hacer que desaparezcan las instituciones existentes para mejor remplazarlas y mejor asentar un poder total? Algunos creen ver ahí ciertas afinidades con la sociedad capitalista en construcción...
Notas
1 - La fisiocracia es una escuela económica aparecida en Francia en 1768 que partía del principio que la materialidad constituye el carácter fundamental de la riqueza, y que medía el valor y la utilidad del trabajo por la cantidad de materia movilizada.
2 - Frederick Winslow Taylor (1856-1915), ingeniero americano inventor de un método de organización científica del trabajo que, aplicado a la industria del automovil por Henry Ford (1863-1947), sirvió de base a la revolución industrial del SXX.
3 - Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, segmento De Eichmann a Jerusalem.
4 - Hannah Arendt, La condición del hombre moderno.