lunes, 5 de mayo de 2014

supongamos que regreso

No soy de aquí pero a veces era (y da lo mismo:
la noche dondequiera es compatriota y compatriotamente
en cuanto tocas tierra una ley te está buscando)
y no tengo parientes: me los han desterrado o enterrado
porque sobrevivieron al mal injusto; además, no quise
que me presentaran a ningún Venerableanciano o Ilustrevisitante
o Distinguidohuésped o Beneméritociudadano, no me conocen
Su Excelencia o Su Eminencia o Su Ilustrísima,
no atisbo en los periódicos la publicitaria cópula bancaria
del correcto-caballero-que-hoy-contrae-nupcias-con-
la-espiritual-damita-de-nuestra-sociedad;
soy otra cosa, ésa del pasaporte: la pequeña estatura,
el rostro que tal vez merezco, el corazón al que le achacan
todas las culpas buenas, el nombre que dignísimas
ociosísimas deslenguadas querían limpiar a bastonazos.
No vine por negocios y como tampoco soy turista
no tengo visa: debo ser casi nadie, apenas el piojoso
vagabundo, el peligroso humano. Poco que declarar,
nada mismo: los poemas manuales para la descuartizada
entre yo y sus asuntos son de uso personal
y en la aduana me quitaron el patriotismo que traía
como un contrabando: cierta compasión por la república
orgullosa de sus invalideces y su descamisa. Entonces
es inútil que pregunten por mi domicilio, que me sigan
para ver qué escribo en las paredes, con quién
me acuesto o cuánto gano: el pasaporte en regla,
los impuestos pagados, qué importa lo demás, el trozo
de hombre que vuelve lastimado de casi todas las ideas.
(Yo sé que aquí la luz es sancionada, exótico el milagro
consuetudinario, el jabón, subversivo; confieso que no pude
aprender el dialecto local de las averiguaciones y la burla,
y que madrugaba en cuanto terminaba la postnoche
para odiar cada día más tiempo la crueldad.)
Todas las señas particulares: desobediencia, mala
conducta, melancolía de ciertos oficios que no tuve,
como el de dinamitero, ninguna vacunación contra la cólera,
y una increíble sensación de no haber muerto.
Tampoco vengo de Cuba: estamos yendo.

Jorge Enrique Adoum,  Ni están todos los que son (1999)

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